Tres Horas de Sueño y un Pasamontañas Tricolor: KNEECAP en México, 2026

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Valió Madre el Plan, Ganó KNEECAP.

El jueves el universo traía algo personal conmigo. No sé qué le hice, pero desde que sonó la alarma después de tres horas de sueño, supe que el día venía cargado.

La chamba amaneció con ganas de pleito. De esas jornadas con fricciones, donde cada mensaje empieza con un “Hola, solo para dar seguimiento…” que en realidad significa “Te odio cordialmente”. Para la tarde ya traía el cuerpo en modo ahorro de batería y con un párpado que temblaba por su cuenta. Todo se sentía mal. Todo.

Lo único que me salvó llegó a las 12 del día, en plena junta: un mensaje de Adrián, el fundador de este bellísimo medio, invitándome a cubrir el concierto de KNEECAP como prensa. Le contestaba los mensajes súper emocionado mientras mis compañerxs me echaban un side eye, mentalmente ya estaba en Belfast.

Una parte de mí quería tirarse en la cama, llorar y ponerse a ver frutinovelas. Pero la otra parte, la que no iba a dejar que el FOMO ganara, se impuso. Me salí.

Bueno, casi: justo cuando iba a cruzar la puerta, me cayó una junta por Teams que me retrasó todo. Para cuando por fin pude salir, el cielo ya había decidido que también tenía un mal día y se estaba cayendo. No llovía, se desplomaba. En los pocos pasos de la puerta al coche quedé empapado.

Ya en camino, las calles eran ríos y los coches lanchas. Y como el universo ya venía encarrerado, casi me chocan como mil veces: un microbusero convencido de que estaba en Rápido y Furioso, un señor en camioneta que cambió de carril con la fe de quien no tiene espejos y un repartidor en moto que apareció de la nada como fantasma.

Dos horas y media. Eso me eché de mi casa a Pabellón Oeste. Para ponerlo en perspectiva: en ese tiempo vas por cemitas a Puebla y regresas, te escuchas dos veces el disco de KNEECAP o, en mi caso, te replanteas qué carajos haces así.

Cuando por fin vi el Pabellón, traía los tenis encharcados, el humor en números rojos y un plan muy claro: ver el show desde atrás, sin moverme mucho, como quien va a una fiesta por compromiso. Saludar, cumplir y regresar a casa a dormir.

Plan que, obvio, valió madre con la primera rola.

Porque salieron tres güeyes de Belfast, uno con su pasamontañas tricolor, a rapear en irlandés, un idioma del que muchxs de ahí no entendían ni una palabra, y no importó en absoluto. No sé de dónde saqué la energía. Neta, no lo sé. Brinqué, grité y la chamba se quedó en algún lugar del Viaducto.

Ahora que lo pienso, creo que de ahí salió la energía. Con KNEECAP no es solo la música: es que no se guardan nada. Cantan en una lengua que durante siglos intentaron borrar, haciéndola sonar a fiesta, a rabia y a comunidad al mismo tiempo.

Si alguien quería pruebas de eso, cuando sonó FENIAN ahí estaban: tres viejitxs irlandeses que, aunque olían medio mal (perdón), no dejaron de gritar, corear y levantar la bandera de Irlanda en toda la rola.

Y no eran lxs únicxs. A mi alrededor nadie se quedaba quieto: la gente gritaba, bailaba, se aventaba al slam, se reía y, de vez en cuando, le daba un hit a su wax como si fuera parte del ritual. Si no hubiera traído tres horas de sueño encima, yo también me lanzaba al slam. Casi nadie entendía la letra, pero todxs entendían la rola.

Pero no todo fue brincar. Entre rola y rola se ponían a platicar con nosotrxs, y en una de esas salió el tema de lo que Irlanda y México tenemos en común: la colonización y un vecino molesto. Es raro escucharlos contar, con otro acento, una historia que acá nos sabemos de memoria: la lengua que te quieren quitar, la tierra que alguien más decide que es suya, el vecino que siempre quiere opinar sobre tu casa.

Más tarde subieron a la embajadora de Palestina (Nayda Rasheed) y, de un momento a otro, todo el Pabellón estaba gritando «Free Palestine». Y con ellos no es pose: el año pasado a Mo Chara, uno de los tres, lo acusaron de terrorismo en Reino Unido por algo que pasó en un concierto en Londres, y el caso se cayó por un error técnico. Así que cuando gritan, saben lo que les cuesta.

Al final salí con la garganta destrozada, las piernas temblando y con el corazón al otro lado del charco. El día siguiente seguiría la chamba con sus fricciones y mis tres horas de sueño no se iban a multiplicar mágicamente. Porque hay días en los que todo se desmorona, el cielo se cae y medio tráfico de la ciudad intenta atropellarte.

Aun así, hay noches como esta, en las que una banda de Belfast te recuerda que no estás solx: ni en el cansancio, ni en la rabia, ni en las ganas de gritar.

Texto por: @andrewboliom

Fotografías por: @jadriantomafotos

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