Crónica de una Transformación en Fragmentos: SUUNS en ORBE, 2026

Entrar a ciegas a un concierto y salir con los sentidos desbordados. Así fue el hipnótico paso de la banda canadiense por la CDMX; un relato sobre la incertidumbre, las texturas de concreto y el reencuentro con un viejo amigo.
Salía de ver Kix (película húngara del año 2024 proyectada en la Cineteca Nacional) cuando me invitaron a vivir lo que nunca imaginé: SUUNS como parte del viaje Hipnosis. Para mí, esta banda formaba parte de mi radar etéreo; no sabía demasiado, pero tampoco estaba completamente a ciegas.
Inevitablemente tenía una inquietud, una sensación descolgada, una disonancia. El mundo real, cuando se pone serio, me hace divagar — pero a todos nos pasa, supongo.
No voy a ahondar mucho en aquello; vamos al punto. Estaba emocionada y nerviosa. Encima, iba a ver a un gran amigo a quien hace rato no veía: un concierto con un desconocido temporal, conocido de años.
Mi primera experiencia con SUUNS en crudo sería genuina. Como con el documental, entras y no sabes qué esperar; la percepción siempre se altera y eso me intimida, pero al mismo tiempo me atrae: la incertidumbre de no saber con exactitud qué va a pasar, con qué sensación voy a salir de ese lugar, a quién voy a conocer o qué va a resonar en mí.
Al caminar por la entropía oscura, la escena musical se concentraba en el foro ORBE, en San Ángel, CDMX (que, por lo que me dijo Adrián, era una sede nueva y este era su segundo show). La única noción que tenía sobre el espacio era su extensión, una multitud dispuesta a desnudarse frente al sonido y una referencia a los edificios industriales de Berlín. Eso ya decía mucho e incrementó mis expectativas. La primera impresión, en efecto, fue lo que ya tenía de antecedente, pero sobresalían los detalles: el ambiente industrial brutalista, urbano; estéticamente, un doom-laden.
La entrada al recinto expandía cuerpos de pie: algunos con cerveza, otros encontrándose con sus amigos y otros tantos buscando el espacio correcto. Un recinto de niveles escalonados, con la fachada de estar incompleto y por momentos, pensé en la intencionalidad de esas texturas que conversan con quien las mira. Incluso en la oscuridad que ya emanaba el lugar, pensé en la escena rave, lo que tanto me habían antelado.
Entrando en materia, para el acto de apertura, Sonic Emerson (a quien ya había escuchado dentro de la escena urbana de la CDMX) fue un arranque en capas. No solo dispuso a la audiencia a un encuentro de audio ensoñador, sino que, entre la vivacidad de la melodía, la sinestesia tomó orden de aparición.
Pasadas las ocho cincuenta, el crew del foro salía de entre bambalinas para preparar el acto principal.
Finalmente, el momento esperado surgió: SUUNS salía al escenario de entre largas telas negras. La multitud, latente y absorta, esperaba la entrada. Las luces se apagaron y un ambiente apabullante y oscuro aconteció. El primer acorde encendió las sombras en el espacio. La recta dirección de las luces apuntó con fuerza al techo, dejando ver crudamente las vigas, las estructuras metálicas y el acero estructurado en secciones. Sin duda, mi primer reflejo me llevó a mirar hacia donde la luz estalló. Al bajar la mirada, la banda tocó su primera canción: halos vibratorios se incrementaron desde el escenario hacia el público y reflejaban con la misma fuerza. Venía a ciegas y ya tenía mi primera reacción: estaba estupefacta.

Algunas canciones de su último álbum, The Breaks, y el title track del FICTION EP, fueron parte del setlist. En esta rola particularmente, el sonido abrasador te introducía gradualmente a un bucle distorsionado, como estar frente a un espejo de feria: un efecto de Anémic Cinéma de Duchamp. Otras canciones, como Fish on a String, te tomaban en solitario hacia el cielo por un momento y te bajaban de golpe para recordarte que seguías aquí; una melodía que se contrapone a la escena electro-dark texturizadamente industrial que se anteponía en la sala.
En algunos instantes el sonido parecía desconocido, incluso nuevo, sin dejar de ser imponente, sustancial y lleno de loops. Pero una vez entrado 2020, del álbum Images du Futur, un chillido agudo se dejó caer desde el techo hacia el cuerpo: repulsión, una caída en seco al agujero de abajo, como un túnel espacio-temporal, una curva estridente; todos cayendo a velocidad. De igual forma, la aparición de Pie IX —con la misma sensación de cuestionarte ¿qué estoy escuchando?— me llevó a una estática televisiva. Por momentos me recordó a black midi, como si la música quisiera tomar la señal del radar. Esta canción fue totalmente mi línea.
Era una sensación abrasiva. Para este punto yo ya había pasado por tres momentos clave: una duna expansiva en caos, una caverna de metal en un rincón de Europa o la sensación de estar sumergida en una distopía holográfica. Y es que, en ese sentido, SUUNS busca que cada transición sea un desfase de plano, un trance dual envolvente. Su sonido manchado, ruidoso y tenso, sin duda, mantuvo una conversación entre el escenario y los asistentes que, cautivados, generaban sombras en masa, como ver un concierto de Massive Attack.

Sumando a esto, Ben Shemie (vocalista) se apropiaba de la historia con la que te ibas a marchar y, entre las sombras que emanaba su cuerpo sobre aquella pared próxima, su silueta alargada te obligaba a prestar atención. Liam O’Neill (batería) nos regalaba una base sólida en la penumbra de la caverna y Joseph Yarmush (bajista y guitarrista), por lo menos a mí, me proyectaba la imagen de Michael Myers: un sujeto lleno de misterio, sin rostro, incluso en sus prendas apagadas, masivas y ordinarias. Pero en su actitud, llamarlo de tal forma era duro para alguien que luce amable y dulce; me perturbaba y al mismo tiempo me enganchaba (estuve bastante atenta a su acto).
Al final, concluyendo mi punto (porque me proyecto), habitar ese búnker industrial de forma física y auditiva dejó una sensación de percepción alterada, justo como lo que mencionaba al principio: una nueva experiencia en los sentidos, un «okay, quiero saber más sobre este proyecto y los caminos distintos a los que puedo llegar». Es más, el punto fue desprenderme tanto de mí — incluso en este texto — que me olvidé de que estaba rodeada de gente y de Adrián, con cariño. Estaba tan abstraída, sonriente y eclipsada… Y eso me gusta de la música en vivo: que me voy, divagó mentalmente hasta el punto de ver mi mano y pensar «vaya, esta soy yo y sigo aquí».
Audiovisualmente, me da material para crear mis propias alucinaciones físicas y lisérgicas sin necesidad de ingerir nada.
Texto por: @makalato
Fotografías por: @eduardolopez97 (cortesía de @hipnosismx)